domingo, 4 de mayo de 2014

La pintura románica

La pintura románica es igualmente decorativa. No se concibe como arte autónomo y no tiene importancia en sí misma sino como ornamentación de paredes dentro del templo. Tiene su origen directo en las miniaturas bizantinas que luego pasan a los monjes prerrománicos de la primera Edad Media.
La pintura románica tiene, como la escultura, sus lugares idóneos dentro del templo. Sobre todo es el ábside y, a veces, también, los muros laterales. También se pintan a veces altares, sobre todo su parte delantera.
En el ábside se representa al Pantócrator rodeado de los cuatro evangelistas, ángeles y santos. Otras veces se representa en el ábside a la Virgen o Teótocos si el templo tiene una advocación mariana. En la parte baja del ábside, en el medio tambor que soporta el cuarto de esfera nos encontramos espacios separados por columnas que también pueden recibir decoración pictórica. Los muros laterales se dedican a otros santos o escenas de tipo narrativo en disposición corrida.

La técnica más empleada es el fresco: se cubría el muro con cal y arena sobre la cual, y antes de que se seque, se debe pintar el mural.
El pintor románico no conoce la perspectiva. Sus obras son planas en su ejecución y en su colorido. Cuando hay que representar un momento se elige el más tenso y espectacular, el más expresionista y representativo. Los colores son planos y no tiene gradaciones ni matices refinados. Los contrastes de color son muy acusados, sobre todo entre el negro y los colores cálidos. Suelen ser, en general, cromatismos de mucho valor e impacto visual.

 La pintura es, como la escultura, de tipo simbólico y no se preocupa del aspecto naturalista o estético de las figuras. La realidad no les interesa porque tanto santos, como ángeles, como la figura de Cristo o la de la Virgen pertenecen a un mundo platónico, el de las ideas, y no se parece en nada al real o sensitivo. Por eso la pintura utiliza la realidad sólo como soporte hacia el mundo que hay por encima. Los personajes tienen casi todos las mismas proporciones y gestos, son sólo figuras convencionales y colectivas.

Domina, como en la escultura, el principio de la frontalidad, sobre todo para las figuras importantes: Cristo, la Virgen, un emperador o rey, algún santo o apóstol, etc. Psicológicamente esto se hacía así por dos cosas: primero el pintor demostraba así su respeto hacia la figura que representaba y con ello obliga a los espectadores a un respeto similar. En segundo lugar porque la visión frontal es la más noble cuando lo que se busca es impresionar, que el fiel vea, con toda nitidez, la idea religiosa que subyace bajo la figura.

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